Liguilla
Verano 2002: cansancio, hostilidad y otra noche épica en C.U.
Después de la final de la temporada 1990–1991, los enfrentamientos entre América y Pumas siguieron siendo igual de calientes y pasionales. Tal vez faltaron más cruces en fases finales, pero aun así la tendencia es clara: el América ha sido dominador en todas las décadas en las que se han enfrentado.
Los Pumas, con una mística más cercana al antiamericanismo que al apoyo a su propio equipo —ocho de cada diez, sin exagerar— juegan estos partidos como si fueran finales del mundo. Marchas cuando son visitantes, cánticos importados estilo argentino y el ya gastado apodo de “gallinas”.
¿De verdad creen que eso se les ocurrió a ustedes? ¿O lo escucharon de los hinchas de Boca Juniors llamando así a River Plate? Si van a insultar, mínimo inventen algo propio.
Dicen que nos odian. Nosotros no llegamos a tanto. A los americanistas lo que nos provocan es una mezcla entre indiferencia y, seamos honestos, nos caen gordos. Pero odio, no.
En los partidos definitivos, los que marcan esta rivalidad, casi siempre gana el América. Claro, la excepción existe: la final 1990–1991, con todos los detalles ya explicados.
Semifinal Verano 2002: el contexto
Cuando todo estaba en contra.
Uno de los enfrentamientos más dramáticos y memorables ocurrió en la semifinal del Verano 2002. El América disputaba Copa Libertadores y Liguilla al mismo tiempo, jugando prácticamente cada 48 horas. Aun así, el cansancio no fue excusa.
El partido de ida se jugó el 14 de mayo de 2002 en el Estadio Azteca. La entrada fue discreta: el americanismo tenía más expectativa por la vuelta de Libertadores ante el Morelia de Rubén Omar Romano.
El encuentro fue aburrido y desmereció una semifinal. Aun así, el América fue perjudicado: un gol mal anulado a Jesús Mendoza y un penal no marcado sobre Marcelo Lipatín . El árbitro: Armando Archundia. Resultado final: 0–0.
Dos días después, el 16 de mayo, el América enfrentó a Morelia en Libertadores, ahora sí con un Azteca lleno, y fue justo y claro vencedor.
Vuelta en C.U.: hostilidad, polémica y carácter
Buscando aprovechar el desgaste americanista, los Pumas adelantaron la vuelta al sábado 18 de mayo de 2002. El escenario: Ciudad Universitaria. El contexto: hostil, pesado y adverso.
El América necesitaba ganar. El empate lo dejaba fuera. Aun así, desde el inicio mostró personalidad: un autogol de Miguel España silenció C.U. Los pocos americanistas presentes lo celebraron con todo.
Los Pumas se fueron al ataque, pero Adolfo Ríos detuvo absolutamente todo, acompañado también por un poco de fortuna.
Llegó la jugada más polémica: Horacio Müller, ya amonestado, cometió una falta violenta sobre Pavel Pardo. Era segunda amarilla, era expulsión. El árbitro Felipe Ramos Rizo no la mostró.
Esa decisión pesó. Diez minutos después, el mismo Müller anotó el empate. C.U se volvió un manicomio. Con ese resultado, Pumas avanzaba.
Pero la historia no terminó ahí. En el segundo tiempo, en una jugada creativa de Manuel Ríos, filtró un balón preciso para Christian Patiño, quien cruzó su disparo y venció a Esdras Rangel.
América elimina a Pumas
En su casa. Con todo en contra.
El partido terminó. La afición de Pumas lloraba de impotencia. Algunos se fueron antes del silbatazo final. Los americanistas, en el estadio y por televisión, celebraban algo que durante años se les había negado: avanzar a una final desde C.U.
Épico. Memorable.
Y eso que el América
tenía todas las de perder.